Cómo enseñar a tu hijo a decir que no sin sentirse culpable
Habilidades del Futuro
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Cómo enseñar a tu hijo a decir que no sin sentirse culpable

Mi sobrina tiene nueve años y presta su merienda todos los días. No la comparte: la entrega. Cuando le pregunté por qué, me dijo una frase que llevo semanas dándole vueltas: "porque si digo que no, se van a otra mesa".

Nueve años y ya calculó el precio. Un bocadillo por no comer sola.

Lo incómodo es que los padres que más me hablan de esto son justo los que educaron a hijos amables. Niños que comparten, que ceden, que no montan escenas. Y un día descubren que esa amabilidad no era generosidad: era miedo con buenos modales.

La palabra que nunca practicamos

Le enseñamos a un niño a decir gracias, por favor, perdón y buenos días. Cuatro fórmulas que ensayamos cientos de veces antes de que cumpla cinco años.

¿Cuántas veces has ensayado el "no" con tu hijo? Yo, hasta que me di cuenta, cero.

Y luego nos sorprende que a los doce no sepa negarse a algo que no quiere hacer. No es un fallo de carácter. Es una habilidad que nadie le entrenó, mientras entrenábamos con obsesión la contraria.

Aquí viene lo incómodo: buena parte de esa formación la hicimos nosotros. Cada vez que un niño dice "no quiero saludar a esa señora" y lo obligamos, le estamos enseñando que su "no" no cuenta cuando hay un adulto delante. Luego, a los quince, tampoco contará cuando haya un grupo delante.

No estoy diciendo que dejes que tu hijo sea maleducado. Estoy diciendo que hay una diferencia entre "saluda, que es tu abuela" y "da igual lo que sientas, obedece", y que los niños la notan perfectamente aunque nosotros no.

El "no" es la mitad de una negociación

Esto es lo que más me cuesta explicar a los padres que ven la negociación como algo de adultos con traje.

Un niño que no puede decir que no, no está negociando. Está aceptando. Da igual lo bien que argumente, lo simpático que sea o lo bien que caiga: si la otra parte sabe que al final va a ceder, no hay conversación, hay trámite. Toda la negociación que le enseñes se apoya sobre esa base, y sin ella se cae.

Lo veo constantemente en chicos de quince y dieciséis años que llegan con muchísima labia. Saben presentar una idea, saben convencer, saben caer bien. Y en cuanto alguien les presiona un poco, ceden. Habían aprendido la parte visible de negociar —hablar— sin la parte invisible, que es aguantar el silencio incómodo después de haber dicho que no.

Esa es la parte que nadie entrena. Porque no se entrena hablando, se entrena aguantando.

Qué puede hacer según la edad

Con los pequeños no funciona explicar. Funciona jugar.

De 7 a 10 años el objetivo es que la palabra deje de dar miedo. A esta edad el "no" les parece una falta de educación, así que hay que separarlo de eso: se puede decir que no y seguir siendo buena persona. Aquí van bien los juegos de rol tontos —tú le pides el juguete, él tiene que negarse tres veces seguidas sin dar explicaciones— porque al ser un juego no hay coste social. Y cuando te lo diga a ti de verdad, en algo pequeño y razonable, acéptalo sin discutir. Ese momento vale más que veinte conversaciones.

De 11 a 14 años aparece el grupo, y con el grupo la presión de verdad. Ya no basta con saber decirlo: hay que saber decirlo sin quedar fuera. Esta es la edad de las frases de salida, que explico más abajo, y también la edad en que conviene hablar de las consecuencias reales. Sí, decir que no a veces cuesta amigos. Mentirle sobre eso no le ayuda.

De 15 a 18 años el asunto se vuelve serio: alcohol, coche, dinero, presión de pareja, decisiones que dejan marca. A esta edad ya no puedes estar delante. Lo único que puedes darle es haberlo practicado antes, y un acuerdo del tipo "si estás en un sitio del que quieres salir, me escribes una palabra pactada y te llamo yo inventando una excusa". Le das una salida sin coste social. No es una solución elegante, pero funciona.

Un apunte que no encaja en ninguna de las tres edades: si tu hijo dice que no en casa con total naturalidad y fuera se calla, no es incoherencia. Es que en casa se siente seguro. Eso es buena señal, aunque despiste.

Frases que sí puede usar

El problema del "no" a secas es que un niño no sabe cómo seguir después. Se queda ahí, plantado, con el silencio encima. Así que hay que darle el paquete completo: la negativa y lo que viene detrás.

  • "No, gracias" y punto. Sin explicación. La explicación es lo que abre la puerta a la negociación del otro
  • "No me apetece, pero id vosotros" — se niega sin rechazar al grupo, que es lo que de verdad le da miedo
  • "Déjame pensarlo" — no es un no, es un aplazamiento, y para muchos chicos es el escalón intermedio que necesitan antes de poder decir que no del todo

Y una que no es una frase sino una postura: puede repetir exactamente lo mismo las veces que haga falta. Sin variar, sin añadir argumentos nuevos. La mayoría de la gente que presiona se cansa antes de que se te acaben las repeticiones. Esto se lo he visto hacer a chicos tímidos con una eficacia que ya quisieran algunos adultos.

Lo que a mí no me sale bien

Seré directo: yo no soy especialmente bueno en esto.

Digo que sí a cosas que no quiero hacer con una frecuencia que me da vergüenza reconocer aquí. Y sospecho que una parte de por qué escribo sobre esto es que me lo estoy explicando a mí mismo. Así que si esperas un artículo de alguien que lo tiene resuelto, no es este.

Lo que sí puedo decirte es que los chicos que llegan sabiendo decir que no casi siempre vienen de casas donde alguien les dejó decírselo primero. No de casas donde se lo explicaron mejor.

La prueba de esta semana

Busca un momento en el que tu hijo te diga que no a algo pequeño. No hace falta provocarlo, va a pasar solo: la ducha, el plato, apagar la tablet.

En vez de responder lo de siempre, prueba con: "vale, entiendo que no quieras. Cuéntame por qué."

No estás cediendo. Estás enseñándole que un "no" abre una conversación en vez de cerrarla. Que es exactamente lo que necesita saber cuando el que presione no seas tú.

(Y sí, ya sé que hay días en que no hay margen para conversaciones, que llegas tarde y solo quieres que se ponga los zapatos. Yo también tengo esos días. No hace falta hacerlo siempre, hace falta hacerlo alguna vez.)

Si el problema de fondo no es la habilidad sino que a tu hijo le cuesta creer que su opinión vale, entonces esto se queda corto y el trabajo va por otro lado: te sirve más lo que hemos escrito sobre autoestima. Son cosas distintas aunque se parezcan desde fuera.


Volviendo a mi sobrina: sigue dando la merienda. No he conseguido nada todavía.

Pero el otro día, cuando su hermano le pidió el mando, dijo que no. Le costó, se puso roja, y a los diez minutos se lo dio igual. Aun así, ese "no" existió durante diez minutos.

Por algo se empieza.

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