Artículo invitado de Marco Aurelio Delgado, fundador de Aprendeblog. Una colaboración con EntreKlass.
Vivimos en una época en la que los jóvenes tienen acceso a más información, oportunidades y estímulos que nunca. Pero también están expuestos a una enorme cantidad de exigencias: estudios, expectativas familiares, relaciones sociales, redes sociales, incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de encajar en un mundo que cambia constantemente.
Ante esta realidad, aprender a gestionar el estrés y la frustración se ha convertido en una habilidad fundamental.
Y aquí aparece una cuestión importante: los jóvenes no nacen sabiendo gestionar sus emociones. Necesitan aprenderlo, practicarlo y, sobre todo, contar con adultos que les acompañen durante ese proceso.
Enseñarles a gestionar el estrés no significa evitarles las dificultades ni solucionar todos sus problemas. Significa proporcionarles herramientas para que, poco a poco, puedan enfrentarse a ellos con mayor autonomía.
Las estrategias que se presentan a continuación no son consejos profesionales ni sustituyen la orientación de un psicólogo, orientador u otro especialista. Son algunas ideas prácticas, basadas en recursos que pueden ayudar a padres, educadores y otros adultos de referencia a acompañar a los jóvenes cuando atraviesan momentos de estrés o frustración. Existen muchas otras estrategias y no todas funcionan de la misma manera para todas las personas.
Si el malestar es intenso, persistente o afecta significativamente a la vida cotidiana del joven, es importante buscar ayuda profesional.
1. Enseñarles a identificar lo que sienten
A veces un joven dice “estoy estresado”, pero no sabe exactamente qué está ocurriendo en su interior.
Puede sentirse preocupado, enfadado, decepcionado, inseguro, agotado o simplemente desbordado.
Poner nombre a las emociones es un primer paso para poder gestionarlas.
En lugar de responder inmediatamente con soluciones, podemos empezar con preguntas sencillas:
¿Qué es lo que más te preocupa?
¿Qué ha ocurrido exactamente?
¿Cómo te has sentido cuando ha pasado?
¿Qué crees que necesitas ahora?
Estas preguntas no solucionan el problema, pero ayudan al joven a detenerse y observar lo que está experimentando.
También es importante transmitirle que sentir una emoción no significa que haya algo malo en él. Las emociones forman parte de nuestra experiencia y cumplen una función.
El objetivo no es dejar de sentir estrés, miedo o frustración, sino aprender a reconocerlos y responder de una manera más consciente.
2. Diferenciar lo que pueden controlar de lo que no
Una de las mayores fuentes de frustración aparece cuando intentamos controlar aquello que está fuera de nuestro alcance.
Un examen ya realizado, la opinión de otras personas, una decisión tomada por un profesor, el resultado de una competición o la reacción de alguien pueden generar mucha preocupación.
Una herramienta sencilla consiste en dividir las situaciones en dos grupos:
Lo que depende de mí.
Lo que no depende de mí.
Por ejemplo, un estudiante no puede controlar la nota que finalmente obtendrá en un examen. Pero sí puede decidir cuánto tiempo dedica a prepararlo, pedir ayuda cuando tiene dificultades y organizar mejor su estudio.
Este cambio de perspectiva permite pasar de la preocupación a la acción.
No siempre podemos elegir lo que sucede, pero podemos aprender a elegir cómo respondemos ante aquello que sucede.
3. Convertir los errores en oportunidades de aprendizaje
La frustración suele aparecer con mucha intensidad cuando un joven interpreta un error como una demostración de que “no sirve” para algo.
Suspender un examen puede convertirse en:
“Soy malo estudiando.”
Perder una competición puede transformarse en:
“Nunca voy a conseguirlo.”
No ser seleccionado para una actividad puede interpretarse como:
“No soy suficientemente bueno.”
Aquí los adultos tenemos una responsabilidad importante: ayudar a separar el resultado de la identidad de la persona.
Un resultado negativo no define quién somos.
En lugar de preguntar únicamente:
“¿Qué nota has sacado?”
podemos preguntar:
“¿Qué has aprendido?”
“¿Qué crees que podrías hacer de otra manera la próxima vez?”
“¿Dónde has tenido más dificultades?”
El error deja entonces de ser un fracaso definitivo y se convierte en información.
Aprender a equivocarse, analizar lo ocurrido y volver a intentarlo es una de las capacidades que más necesitarán a lo largo de su vida.
4. Enseñarles a dividir los problemas grandes en pequeños pasos
Cuando una persona se enfrenta a una situación que percibe como demasiado grande, es fácil sentirse paralizada.
Un trabajo que entregar, varios exámenes, un conflicto personal o una decisión importante pueden convertirse en una montaña difícil de escalar.
Una estrategia muy sencilla consiste en dividir el problema.
En lugar de:
“Tengo que preparar todo el examen.”
podemos plantear:
“Hoy voy a estudiar este tema durante 30 minutos.”
En lugar de:
“Tengo que solucionar todos mis problemas.”
podemos preguntar:
“¿Cuál es el primer problema que puedo abordar?”
Esta forma de actuar permite recuperar la sensación de control.
Además, enseña una idea que será muy útil durante toda la vida: no necesitamos resolverlo todo de una vez para empezar a avanzar.
5. Cuidar los hábitos que sostienen el bienestar
La gestión emocional no depende únicamente de nuestra manera de pensar.
También está relacionada con cómo cuidamos nuestro cuerpo y nuestro entorno cotidiano.
Dormir adecuadamente, realizar actividad física, mantener una alimentación equilibrada, descansar, relacionarse con otras personas y disponer de momentos sin pantallas pueden contribuir a afrontar mejor las situaciones exigentes.
Esto no significa convertir la vida de un joven en una lista interminable de obligaciones saludables.
Al contrario.
Se trata de ayudarle a comprender que el bienestar se construye también a través de pequeños hábitos cotidianos.
Una caminata, practicar deporte, escuchar música, leer, conversar con alguien de confianza o simplemente desconectar durante un rato pueden convertirse en espacios necesarios para recuperar energía.
El descanso no debería entenderse como una pérdida de tiempo.
También es parte del aprendizaje y del cuidado personal.
6. Darles espacio para resolver sus propios problemas
Una de las mayores dificultades para los adultos que acompañamos a jóvenes es saber cuándo intervenir.
Cuando vemos que nuestro hijo, hija o alumno está sufriendo, nuestra reacción natural puede ser intentar solucionarlo inmediatamente.
Pero ayudar no siempre significa resolver.
Si cada vez que aparece una dificultad el adulto interviene, el joven puede aprender, sin darse cuenta, que necesita a otra persona para enfrentarse a los problemas.
Podemos cambiar progresivamente esa dinámica.
En lugar de:
“Haz esto, esto y esto.”
podemos preguntar:
“¿Qué opciones tienes?”
“¿Cuál crees que podría funcionar mejor?”
“¿Qué necesitas para hacerlo?”
De esta manera seguimos estando presentes, pero permitimos que el joven participe activamente en la búsqueda de soluciones.
La autonomía también se aprende.
Y para desarrollarla es necesario disponer de oportunidades para tomar decisiones, equivocarse y experimentar las consecuencias dentro de un entorno seguro.
7. Enseñar con el ejemplo
Probablemente esta sea una de las estrategias más importantes.
Podemos hablar durante horas sobre cómo gestionar el estrés, pero los jóvenes también observan constantemente cómo reaccionamos los adultos ante nuestras propias dificultades.
¿Cómo hablamos cuando cometemos un error?
¿Cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperábamos?
¿Pedimos ayuda?
¿Sabemos reconocer que estamos cansados?
¿Somos capaces de parar?
¿Tratamos nuestros propios errores con respeto?
Los jóvenes aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos.
Por eso, mostrar que nosotros también podemos sentir frustración, equivocarnos, pedir ayuda y volver a intentarlo puede convertirse en una enseñanza extraordinariamente poderosa.
Esto no significa que los adultos tengamos que fingir que todo está bien o aparentar una fortaleza que no sentimos. Sin embargo, cuando un joven está atravesando un momento de
estrés o frustración, necesita encontrar a su alrededor adultos que transmitan calma, seguridad y confianza, aunque por dentro también estén preocupados.
Mostrar fortaleza no significa negar nuestras emociones. Significa intentar no trasladarles todo nuestro miedo o desesperación y ofrecerles un punto de apoyo mientras buscamos, si es necesario, la ayuda adecuada.
Podemos decir, por ejemplo:
“Sé que esto es difícil y entiendo que te sientas así. Vamos a pensar juntos qué podemos hacer.”
O también:
“Yo tampoco tengo todas las respuestas, pero no estás solo y buscaremos ayuda si la necesitamos.”
No necesitan adultos perfectos.
Necesitan adultos capaces de mostrarles que las dificultades forman parte de la vida y que podemos aprender a afrontarlas.
Gestionar el estrés no significa eliminar las dificultades
Nuestro objetivo como adultos no debería ser construir una vida sin frustraciones para los jóvenes.
Eso sería imposible.
Tarde o temprano tendrán que enfrentarse a un suspenso, una decepción, una discusión, una ruptura, un rechazo, una decisión difícil o un proyecto que no salga como esperaban.
No podemos evitar todas esas experiencias.
Pero sí podemos ayudarles a desarrollar recursos para enfrentarse a ellas.
Las siete estrategias de este artículo son solo algunas posibilidades. Hablar sobre las emociones, distinguir lo que podemos controlar, aceptar los errores, dividir los problemas, cuidar nuestros hábitos, desarrollar autonomía y observar buenos modelos de comportamiento pueden ser herramientas útiles, pero existen muchas otras formas de acompañar a un joven.
Además, cada persona es diferente. Lo que ayuda a un joven puede no funcionar igual con otro. Por eso es importante observar, escuchar, respetar sus tiempos y pedir orientación profesional cuando la situación lo requiera.
Porque enseñar a un joven a gestionar el estrés no consiste únicamente en ayudarle a superar el problema de hoy.
Consiste en proporcionar recursos que pueda utilizar mañana, cuando nosotros ya no podamos estar a su lado para decirle qué hacer.
Y quizá esa sea una de las formas más importantes de educar:
No enseñarles a vivir sin dificultades, sino ayudarles a desarrollar la confianza y las herramientas necesarias para seguir avanzando cuando las dificultades aparezcan.
