Las 7 preguntas que le hago a un padre antes de recomendarle nada
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Las 7 preguntas que le hago a un padre antes de recomendarle nada

Cuando un padre me escribe preguntando qué programa le conviene a su hijo, casi nunca contesto con un programa. Contesto con preguntas.

No es una técnica de venta. Es que la mayoría de las veces el padre no viene con un problema definido, viene con una inquietud difusa: "quiero que aprenda cosas que a mí no me enseñaron". Eso no se resuelve eligiendo bien entre tres opciones. Se resuelve sabiendo qué le falta exactamente.

Estas son las siete que hago siempre, y lo que de verdad me dice cada respuesta.

1. ¿A qué edad aprendiste tú a manejar dinero de verdad?

Empiezo por el padre, no por el niño, y no es casualidad.

La respuesta más común que recibo es "demasiado tarde". Mucha gente contesta que a los veintitantos, después de cobrar su primer sueldo y gastárselo entero. Algunos contestan que todavía están aprendiendo, y esos me caen especialmente bien porque son honestos.

Lo que me interesa aquí no es el dato. Es lo que pasa en el padre cuando lo dice en voz alta. Casi siempre hay un silencio corto, y después una frase parecida a "no quiero que le pase lo mismo".

Ahí es donde empieza la conversación de verdad. Todo lo anterior era protocolo.

2. ¿Tu hijo sabe la diferencia entre ahorro e inversión?

Esta separa bastante.

Hay padres que contestan que sí, que se lo han explicado. Hay otros que contestan que más o menos. Y hay un grupo grande que contesta algo que siempre agradezco: "ni yo lo tengo claro".

Esa última no es un problema, es un punto de partida excelente. Un padre que reconoce que no domina algo no va a fingir delante de su hijo, y los niños detectan a un adulto improvisando desde la otra punta de la casa.

Lo que sí es un aviso es la primera respuesta dicha muy rápido. "Sí, se lo he explicado" suele significar que hubo una conversación, una vez, hace meses. Explicar no es enseñar. Bueno, vale, a veces sí lo es —hay conversaciones que se quedan para siempre— pero no es lo normal, y desde luego no cuando el que explica también está aprendiendo.

3. ¿Alguna vez te enseñaron emprendimiento en el colegio?

La respuesta es tan uniforme que casi no hace falta preguntarla: no.

La hago igual, porque cambia cómo el padre mira todo lo que viene después.

4. Cuando tu hijo quiere algo, ¿entiende de dónde viene el dinero?

Esta es la que más incomoda, y la más útil de las siete.

No va de si el niño sabe que sus padres trabajan. Eso lo sabe cualquiera desde los cuatro años. Va de si entiende la cadena completa: que hay un número limitado, que ese número sale de horas concretas de la vida de alguien, y que gastarlo aquí significa no gastarlo allí.

La respuesta que más me preocupa no es "no lo entiende". Es "cree que el dinero es infinito", y me la dan más padres de los que imaginas.

Y no es que el niño sea caprichoso. Es que nunca ha visto el proceso. La tarjeta funciona siempre, el paquete llega siempre, y el momento en que alguien decide si eso se puede pagar o no ocurre en la cabeza de un adulto, en silencio, normalmente a las once de la noche.

La prueba casera es fácil de hacer y bastante reveladora: la próxima vez que te pida algo, pregúntale cuántas horas de trabajo cuesta. No cuánto cuesta en euros, cuántas horas. La cara que ponga te dice más que cualquier test.

5. ¿Tu hijo sabe comunicar una idea y trabajar con otros?

Meto esta a propósito en un test que aparentemente va de dinero, porque van juntas y casi nadie lo ve.

Un chaval con una idea buena que no sabe defenderla delante de tres personas no va a llegar lejos con esa idea. Y uno que no soporta que le lleven la contraria no va a sostener ningún proyecto en el que haya alguien más.

Aquí las respuestas se reparten mucho. Hay padres que me dicen que su hijo habla hasta por los codos, y luego resulta que se bloquea en cuanto tiene que explicar algo suyo delante de desconocidos. Son cosas distintas y se confunden constantemente.

(Y sí, sé que decir esto suena a que vendo cursos de oratoria, que no es el caso. Pero llevo años viendo proyectos buenos morir en la presentación y me cuesta callármelo. Prefiero que me acusen de insistir.)

6. Si pudieras darle una sola habilidad, ¿cuál sería?

Obligo a elegir una. La gente se resiste.

Mucha gente contesta "todas". Lo entiendo perfectamente, pero esa respuesta también dice algo: que el padre lo quiere todo y no sabe por dónde empezar, que es un estado bastante paralizante y muy común.

Si te pasa, mi consejo es empezar por la que más te duele a ti cuando piensas en tu propia historia. Suele ser la correcta. No tengo forma de demostrarlo, es solo lo que he visto.

Los que sí eligen suelen decir dinero o confianza. Casi nunca dicen notas.

7. ¿Qué edad tiene?

La última es la más aburrida y la que más cambia la respuesta.

Lo que sirve para un niño de ocho años no le sirve a uno de dieciséis, y al revés. A los ocho se trabaja con una tiendita en el salón y monedas de verdad, de las que pesan. A los dieciséis ya se puede hablar de márgenes, de clientes que no contestan al mensaje y de dinero que entra en una cuenta con su nombre.

Confundir las dos cosas es el error más caro que veo, y lo veo mucho: padres que le montan una tienda online a un niño de nueve años y se frustran cuando el niño la abandona a la semana.

No la abandonó por vago. La abandonó porque le pusieron un problema de adulto con la excusa de que era un juego.

Y esto conecta con algo más grande que no toca en este artículo, pero que dejo apuntado: buena parte de lo que llamamos falta de constancia en los niños es en realidad un problema de tamaño de tarea. La constancia aparece sola cuando la tarea está bien medida. Cuando no lo está, no hay motivación que la sostenga.

Qué hago con las respuestas

Junto las siete y casi siempre aparece el mismo patrón: el padre sabe más de lo que cree, el niño está mejor de lo que su padre teme, y hay un hueco concreto que nadie estaba mirando.

A veces ese hueco es el dinero. A veces es que el chaval tiene ideas y no sabe defenderlas. Y a veces —esto me cuesta decirlo sin que suene a excusa— lo que hace falta no es un programa para el hijo, sino que el padre se quite un peso de encima.

Honestamente, todavía no sé distinguir bien esos tres casos a la primera. Acierto más que antes, nada más.

Lo que casi nunca pasa es que la respuesta sea "no le falta nada" o "le falta todo".

Si quieres hacerlo tú

Estas siete preguntas están montadas en el test para padres, que te da el resultado automáticamente. Dos minutos, sin registrarse, y al final te dice en qué tramo estás y qué programa le corresponde a tu hijo por edad.

No te va a decir nada que no puedas averiguar contestándolas tú con un papel al lado. La única diferencia es que te lo ordena y te lo manda por correo, que es lo que evita que se te olvide a los diez minutos —que es exactamente lo que le pasa a las buenas intenciones de un martes.

Y si prefieres el papel, también vale. Lo importante no es el test. Es dejar de elegir a ciegas.

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